El electrocardiograma (ECG) es uno de los estudios más utilizados en la práctica clínica y, paradójicamente, uno de los peor interpretados. Parte del problema no está en el método, sino en la cantidad de mitos del ECG que se han repetido a lo largo del tiempo hasta adquirir estatus de verdad.
Supradesnivel “feliz”, onda T que corresponde a “isquemia subepicárdica”, progresión lenta de la onda R como cicatriz anterior, S1Q3T3 patognomónico de tromboembolia pulmonar (TEP), cara dorsal, algoritmos infalibles, voltaje igual a hipertrofia. Estos conceptos parecen facilitar la lectura del trazado, pero en la práctica simplifican en exceso fenómenos eléctricos complejos, y eso tiene un costo clínico.
En este artículo repasaremos algunos de los principales mitos del ECG, explicando por qué surgieron, por qué no se sostienen a la luz de la fisiopatología y de la evidencia científica actual, y cómo interpretar estos hallazgos de forma más madura y segura. La propuesta no es memorizar nuevos criterios, sino cambiar la forma de pensar el ECG.
Porque, al fin y al cabo, el trazado rara vez miente. Lo que suele fallar es la lectura automática, descontextualizada y llena de mitos.
El supradesnivel feliz
Hay un mito clásico del ECG que atraviesa generaciones: el supradesnivel del ST cóncavo es benigno y el convexo es isquémico. De ahí nació el término informal (y peligrosamente tranquilizador) de “supradesnivel feliz”.
La idea parece simple, casi cómoda: si el ST tiene forma de sonrisa, el corazón está bien. Si tiene forma de mueca, mejor correr. El problema es que el miocardio no leyó ese manual.
Diversos estudios ya mostraron que la morfología del ST, por sí sola, no permite diferenciar con seguridad la isquemia de las causas no isquémicas. Un trabajo clásico de Smith et al. demostró que la morfología cóncava del supradesnivel del ST estaba presente en hasta el 43% de los pacientes con oclusión aguda de la arteria descendente anterior, lo que desmonta la idea de que la forma “de sonrisa” sería protectora.
En la práctica clínica, esto significa algo simple e incómodo: un ST cóncavo no excluye infarto. Y más aún: en algunos escenarios puede incluso asociarse a fases más precoces de la oclusión coronaria, cuando el daño todavía no evolucionó a patrones más exuberantes.
Otro punto poco recordado es que la forma del ST es dinámica. Un mismo paciente puede comenzar con un supradesnivel cóncavo, evolucionar a un ST rectificado y, horas después, presentar un patrón convexo. Fotografiar un único momento del trazado y sacar conclusiones definitivas es un error clásico.
Vale recordar que este mito ya se discutió en detalle aquí en el blog, incluso con ejemplos de ECG reales y revisión de la literatura. Para quien quiera profundizar, vale la pena leer: El mito del supradesnivel feliz.
Entonces, si el supradesnivel feliz no existe, ¿qué es lo que cuenta?
Cuenta el contexto clínico. Cuenta la presencia de cambios recíprocos. Cuenta la comparación con ECG previos. Cuenta la evolución seriada del trazado. El ST no debe juzgarse por la sonrisa, sino por la historia que cuenta junto con el paciente.

La progresión lenta de la onda R
Otro mito clásico del ECG es la idea de que la progresión lenta de la onda R en las precordiales sea, por definición, un marcador confiable de infarto antiguo de la cara anterior. Este concepto se repite desde hace décadas en libros, informes automatizados y discusiones a pie de cama, muchas veces sin cuestionamiento.
Tradicionalmente se enseña que la onda R debe crecer progresivamente de V1 a V4–V5. Cuando esto no ocurre y la onda R permanece pequeña o “retrasada” en las derivaciones anteriores, aparece la etiqueta de progresión lenta de la onda R. El problema comienza cuando este hallazgo aislado pasa a interpretarse automáticamente como cicatriz miocárdica.
La realidad es bastante menos elegante.
La progresión lenta de la onda R no tiene una definición única en la literatura. Existen múltiples criterios diagnósticos, algunos extremadamente simples (como R ≤ 3 mm en V3) y otros tan complejos que parecen fórmulas de física aplicada. Esta falta de estandarización ya bastaría para justificar cautela.
Y, más importante aún: la evidencia científica que respalda la asociación entre progresión lenta de la onda R e infarto antiguo es débil. Los estudios clásicos son antiguos, metodológicamente limitados y con frecuencia sesgados. Cuando la literatura se analiza críticamente, no hay datos sólidos que validen este hallazgo como marcador confiable de necrosis anterior.
En la práctica, la progresión lenta de la onda R es un hallazgo inespecífico y relativamente frecuente, que puede estar presente en personas sin ninguna enfermedad coronaria. Trastornos de conducción, hipertrofia ventricular, preexcitación, la colocación de los electrodos e incluso variantes anatómicas, como la rotación horaria del corazón, explican muchos de estos trazados.
Es decir: la progresión lenta de la onda R no es sinónimo de infarto antiguo. Usarla de forma aislada para cerrar un diagnóstico retrospectivo es un error conceptual que puede llevar a estudios innecesarios, etiquetas equivocadas y ansiedad evitable.
Al igual que en el mito del supradesnivel feliz, aquí también vale la regla de oro del ECG: ningún hallazgo debe interpretarse fuera de contexto.
Antes de llamarlo infarto antiguo, pregúntese: ¿el trazado está contando una historia completa o solo una frase fuera de contexto?

La onda T negativa y la isquemia subepicárdica
Pocos términos del ECG se repiten tanto (y se entienden tan mal) como la idea de que la onda T negativa corresponde a isquemia subepicárdica. Esta etiqueta todavía aparece en clases, libros antiguos y, lamentablemente, en informes de rutina. El problema es que es conceptualmente errónea.
Vamos al punto central: la onda T negativa no indica isquemia aguda.
En la cardiopatía isquémica, la inversión de la onda T es, en la mayoría de los casos, un fenómeno posisquémico, relacionado con la reperfusión (espontánea o inducida) y con el edema miocárdico. Es lo que vemos tras la apertura de una arteria, tras la trombólisis o incluso tras episodios transitorios de oclusión. El clásico patrón de Wellens es el mejor ejemplo: ondas T profundamente negativas en un paciente que ya no está isquémico en ese momento, pero que corre un alto riesgo de nueva oclusión si no se hace nada.
Es decir: la onda T negativa mira al pasado, no al presente.
Pero el error no termina ahí.
Desde el punto de vista fisiopatológico, no existe isquemia restringida al epicardio. Cuando una arteria coronaria epicárdica se ocluye, la isquemia comienza inevitablemente en el subendocardio, la región más vulnerable, y progresa rápidamente hacia el epicardio hasta volverse transmural. No hay escenario realista en el que el miocardio epicárdico esté isquémico mientras el subendocardio permanece preservado.
Por lo tanto, el término “isquemia subepicárdica” no solo es impreciso: describe algo que fisiológicamente no ocurre.
Además, la onda T negativa es un hallazgo extremadamente inespecífico. Puede observarse en hipertrofia ventricular, bloqueos de rama, miocardiopatías, miocarditis, pericarditis, trastornos electrolíticos, alteraciones neurológicas agudas, memoria eléctrica postaquicardia e incluso como variante de la normalidad. Interpretarla de forma aislada como isquemia activa es una receta segura para el error diagnóstico.
En la práctica, esto deja dos mensajes importantes:
- La onda T negativa no debe informarse como isquemia aguda.
- El término isquemia subepicárdica no debería utilizarse en los informes de ECG.
Como otros mitos del ECG, este persiste más por tradición que por ciencia. Interpretar correctamente la onda T exige contexto clínico, análisis de la despolarización, comparación con trazados previos y, sobre todo, comprensión de la fisiopatología real de la isquemia miocárdica.
En el ECG, la onda T negativa no grita “infarto ahora”. La mayoría de las veces solo susurra: algo ya ocurrió aquí antes.

El aumento de la duración de la onda P
Otro mito profundamente arraigado en la enseñanza del ECG es la idea de que la onda P ancha (≥ 120 ms) sea sinónimo de crecimiento auricular izquierdo (CAI). Este concepto se repite de forma casi automática, pero no resiste un análisis electrofisiológico más cuidadoso.
En realidad, el aumento de la duración de la onda P es, ante todo, un marcador de retraso de la conducción interauricular, es decir, de bloqueo interauricular (BIA), y no de aumento de masa o volumen de la aurícula izquierda.
La lógica es simple: cuando algo se ensancha en el ECG, casi siempre hablamos de retraso de conducción, no de hipertrofia. Así como el QRS ancho sugiere bloqueo de rama y no “ventrículo grande”, la onda P prolongada refleja un retraso en la propagación del estímulo eléctrico entre la aurícula derecha y la aurícula izquierda.
Este concepto fue elegantemente sistematizado por Bayés de Luna, quien demostró que los patrones clásicos de onda P larga, aislada o con morfología plus-minus en las derivaciones inferiores, corresponden a distintos grados de bloqueo interauricular, una entidad distinta del crecimiento auricular izquierdo.
El punto clave, muchas veces ignorado, es que el bloqueo interauricular puede existir sin dilatación auricular izquierda, y lo inverso también es cierto. Estudios con ecocardiografía y resonancia cardíaca mostraron que una onda P ≥ 120 ms tiene bajo valor diagnóstico para CAI de forma aislada, pero una excelente correlación con los trastornos de la conducción auricular.
Cuando el retraso es más avanzado, con bloqueo funcional de la región de Bachmann, el estímulo pasa a activar la aurícula izquierda de forma retrógrada y genera la clásica onda P con morfología ± en DII, DIII y aVF: el llamado bloqueo interauricular avanzado, base electrocardiográfica del síndrome de Bayés, asociado a mayor riesgo de fibrilación auricular, flutter auricular y eventos tromboembólicos.
En la práctica, esto lo cambia todo.
Informar una onda P larga como “crecimiento auricular izquierdo” no solo es impreciso, sino que desperdicia la oportunidad de reconocer un marcador arrítmico relevante. El término correcto describe el mecanismo real: retraso de la conducción interauricular.
Cabe destacar que este tema ya se discutió ampliamente aquí en el blog, tanto desde el punto de vista conceptual como clínico:
En resumen: la onda P ancha no habla de tamaño, habla de tiempo. Y, en el ECG, tiempo casi siempre significa conducción.

El patrón S1Q3T3
Pocos patrones del ECG cargan con un peso simbólico tan grande (y tan desproporcionado) como el S1Q3T3. Para muchos, todavía se considera un signo casi patognomónico de TEP. La realidad, sin embargo, es muy diferente.
El patrón S1Q3T3 describe simplemente tres hallazgos: onda S profunda en DI, onda Q en DIII y onda T negativa en DIII. Refleja una desviación aguda del eje eléctrico hacia la derecha, generalmente asociada a una sobrecarga súbita del ventrículo derecho. Y aquí está el primer punto importante: no habla de causa, habla de fisiología.
Históricamente, el S1Q3T3 fue descrito en 1935 por McGinn y White en pacientes con cor pulmonale agudo. Desde entonces, el patrón se incorporó al imaginario médico como “el ECG de la TEP”. El problema es que, cuando se estudia de forma sistemática, este vínculo resulta débil.
En la práctica, el S1Q3T3 es poco sensible y poco específico para TEP. Aparece en una minoría de los pacientes con embolia pulmonar y puede estar presente en otras muchas condiciones que cursan con sobrecarga aguda o crónica del ventrículo derecho, como la exacerbación de EPOC, la hipertensión pulmonar, el neumotórax, las crisis asmáticas graves e incluso situaciones no cardiopulmonares.
Incluso cuando está presente en el contexto de TEP, su valor diagnóstico es limitado. Estudios modernos de precisión diagnóstica muestran que el S1Q3T3 produce solo un pequeño aumento de la probabilidad postest, insuficiente para confirmar o excluir el diagnóstico de forma confiable. En otras palabras: impresiona más de lo que ayuda.
El error conceptual más común es invertir el razonamiento: ver un S1Q3T3 y concluir “esto es TEP”. Lo correcto es exactamente lo contrario. El ECG nunca cierra el diagnóstico de TEP. Como mucho, puede sugerir sobrecarga del ventrículo derecho en un paciente cuya historia clínica ya plantea esa hipótesis.
Por eso, el S1Q3T3 debe entenderse como lo que realmente es: un marcador inespecífico de estrés del ventrículo derecho, y no un sello diagnóstico de embolia pulmonar.
Este tema ya se discutió en profundidad aquí en el blog, en uno de los artículos más leídos de Aprenda ECG: El patrón S1Q3T3.
Si hay un mito que abandonar, es este: el S1Q3T3 no diagnostica TEP. Solo recuerda que el ventrículo derecho está sufriendo, y que el siguiente paso depende del contexto clínico, no del trazado aislado.
La cara dorsal
La llamada “cara dorsal” es uno de los mitos más duraderos del ECG. Durante décadas se enseñó que ciertas alteraciones, especialmente la onda R alta en V1–V2, representarían un infarto de la cara posterior (o dorsal). El problema es que esa cara, tal como fue imaginada, prácticamente no existe.
El error nace de una premisa anatómica equivocada. El corazón no está dispuesto en el tórax como un bloque anteroposterior. Ocupa una posición oblicua, y la región antes llamada “posterior” corresponde en realidad al segmento inferobasal, que forma parte de la cara inferior y no de una cara independiente.
Con el avance de la resonancia magnética cardíaca, este dogma cayó. Los estudios de correlación ECG–RMC mostraron que:
- La onda R aumentada en V1–V2 no indica infarto posterior.
- Este patrón, cuando se relaciona con infarto, corresponde con mayor frecuencia a infarto de la cara lateral, cuyo vector de necrosis se proyecta hacia las derivaciones derechas.
- Un infarto aislado de la supuesta “cara posterior” es excepcionalmente raro.
Por eso, la terminología moderna abandonó el término “cara posterior/dorsal”. La clasificación actual describe las paredes de forma más precisa: anterior, septal, lateral e inferior, con sus segmentos basal, medio y apical. Lo que antes se llamaba “posterior” pasó a reconocerse correctamente como inferior (inferobasal).
En la práctica clínica, insistir en la etiqueta de cara dorsal genera confusión diagnóstica, interpretaciones erróneas del ECG y comunicación imprecisa entre el clínico, el hemodinamista y el equipo de imagen. Nombrar mal es pensar mal.
Si la idea es localizar el infarto con más precisión, el camino no es resucitar conceptos antiguos, sino entender la anatomía real y los vectores eléctricos involucrados.
Para quien quiera profundizar (y realmente ordenar este tema), recomiendo especialmente el artículo del blog sobre las paredes del infarto, que integra anatomía, ECG y evidencia de imagen:
Resumen del mito: la cara dorsal no es una entidad anatómica válida en el ECG moderno. El trazado mejora cuando la nomenclatura también mejora.

La precisión de los algoritmos de las taquicardias de QRS ancho
Quizá ningún tema del ECG genere tanta confianza excesiva como los algoritmos para el diagnóstico diferencial de las taquicardias de QRS ancho. Diagramas de flujo bien diseñados, pasos numerados y cifras impresionantes de sensibilidad y especificidad crean la sensación de que el problema está resuelto. No lo está.
El ejemplo clásico es el algoritmo de Brugada. En el estudio original, publicado en 1991, el rendimiento fue casi perfecto: sensibilidad y especificidad superiores al 95%, algo rarísimo en medicina diagnóstica. El problema es que ese rendimiento nunca se reprodujo de forma consistente en cohortes externas.
Cuando otros grupos empezaron a probar el algoritmo de Brugada, en poblaciones diferentes y con observadores menos especializados, el escenario cambió. La sensibilidad para taquicardia ventricular (TV) se mantuvo relativamente alta, pero la especificidad cayó de forma importante, muchas veces a valores entre el 40% y el 60%. En términos prácticos, esto significa un número elevado de falsos positivos para TV.
Este fenómeno no es exclusivo del Brugada. Los estudios comparativos muestran que ningún algoritmo aislado tiene una precisión lo bastante alta para resolver el diagnóstico diferencial de las taquicardias de QRS ancho en todos los escenarios. En las validaciones externas, la precisión global de la mayoría de los métodos (Brugada, Vereckei, bayesiano, Griffith, tiempo al pico de la onda R en DII) suele situarse entre el 70% y el 77%.
Hay razones claras para ello.
Primero, muchos criterios dependen de una interpretación subjetiva, especialmente los criterios morfológicos. ¿Qué es exactamente un complejo RS? ¿Dónde termina la onda R y empieza la S? ¿La muesca es real o un artefacto? Pequeñas diferencias de interpretación cambian por completo el resultado del algoritmo.
Segundo, los algoritmos se desarrollaron principalmente para diferenciar TV de TSV con aberrancia, pero fallan con frecuencia en las taquicardias supraventriculares preexcitadas, que activan el ventrículo por conducción miocárdica e imitan perfectamente una TV en el ECG.
Tercero, el rendimiento de los algoritmos depende en gran medida de la experiencia del observador y del contexto clínico. Las TV idiopáticas, las TV fasciculares y los pacientes con bloqueos previos o cicatrices miocárdicas reducen aún más la confiabilidad de los criterios clásicos.
El error conceptual aparece cuando el algoritmo deja de ser una herramienta auxiliar y pasa a tratarse como árbitro final del diagnóstico. Ningún algoritmo cambia el dato epidemiológico más importante de este tema: la mayoría de las taquicardias de QRS ancho son taquicardias ventriculares, especialmente en presencia de cardiopatía estructural.
Por eso, las guías son claras y pragmáticas: toda taquicardia de QRS ancho debe tratarse como TV hasta que se demuestre lo contrario, sobre todo en el escenario agudo. Curiosamente, los propios algoritmos casi no aparecen en los flujos de manejo inmediato de las guías, una señal clara de sus limitaciones clínicas.
En resumen, los algoritmos ordenan el razonamiento, ayudan en la enseñanza y son útiles en el análisis posagudo. Pero confiar ciegamente en su precisión es otro mito del ECG.
En el mundo real, el diagnóstico de las taquicardias de QRS ancho sigue siendo probabilístico, contextual y clínico. El ECG ayuda, pero no decide solo.
El aumento de la amplitud del QRS
Quizá ningún criterio del ECG esté tan profundamente asociado a la idea de hipertrofia ventricular como el aumento del voltaje del QRS. Desde los primeros criterios de Sokolow‑Lyon hasta Cornell, la lógica que se enseña es simple: un ventrículo más grande genera un QRS más grande. El problema es que esta relación, aunque intuitiva, es incompleta y muchas veces engañosa.
El paradigma clásico parte del supuesto de que el aumento de la masa ventricular izquierda genera un campo eléctrico mayor, que necesariamente se traduce en mayores amplitudes del QRS. Sin embargo, como bien discuten Bacharova y colaboradores, el ECG no registra masa, sino fenómenos eléctricos. Y estos fenómenos dependen mucho más de las propiedades electrofisiológicas del miocardio que de su tamaño aislado.
Desde el punto de vista biofísico, el voltaje registrado en el ECG se explica por el teorema del ángulo sólido, que muestra que la señal depende no solo de la extensión del frente de activación (relacionada con la masa), sino también de la velocidad de conducción, de la conductividad intra y extracelular y de la proporción entre tejido eléctricamente activo e inactivo. En otras palabras: la masa es solo una parte de la historia.
En la hipertrofia ventricular izquierda real, el miocardio sufre profundas alteraciones estructurales: hipertrofia y ramificación de los cardiomiocitos, remodelado de las uniones gap (especialmente de la conexina‑43), fibrosis intersticial, inflamación y, con frecuencia, isquemia asociada. Estos cambios alteran tanto la activación eléctrica como la propagación del estímulo y pueden aumentar, mantener normal o incluso reducir el voltaje del QRS, independientemente de la masa ventricular.
Esto ayuda a explicar un hallazgo clásico y poco valorado: la baja sensibilidad de los criterios de voltaje. Incluso en el estudio original de Sokolow‑Lyon, solo alrededor del 30% de los pacientes con hipertrofia anatómica presentaban un aumento significativo del voltaje. Los llamados “falsos negativos” no son un error del ECG; son, en realidad, el reflejo de un miocardio eléctricamente enfermo, muchas veces con fibrosis difusa.
Curiosamente, los estudios con resonancia magnética muestran que cuanto mayor es la fibrosis miocárdica, menor tiende a ser el voltaje del QRS, incluso en ventrículos francamente hipertrofiados. En algunos escenarios, la ausencia de criterios electrocardiográficos de hipertrofia se asocia a peor pronóstico, como se observó en pacientes con estenosis aórtica sometidos a TAVI.
Lo inverso también es cierto: un QRS de alto voltaje no garantiza hipertrofia verdadera. Alteraciones regionales de la conducción, fibrosis localizada, isquemia transitoria e incluso situaciones agudas pueden aumentar el voltaje y simular criterios clásicos de hipertrofia, aun sin aumento real de la masa ventricular.
Por eso gana fuerza el concepto de que el ECG no debe usarse para “medir hipertrofia”, sino para evaluar el remodelado electrofisiológico. Propuestas más modernas sugieren analizar la relación entre el voltaje del QRS y la masa ventricular (o el área ventricular), para entender cuánto miocardio se necesita para generar determinado voltaje: un enfoque mucho más fisiopatológico que simplemente contar milímetros.
Resumen del mito: un QRS alto no es sinónimo de ventrículo grande, y un QRS normal no excluye una hipertrofia importante. El voltaje del QRS habla menos de tamaño y mucho más de la calidad eléctrica del miocardio. En el ECG, como casi siempre, el problema no está en el trazado, sino en su interpretación simplista.
Conclusión
Los mitos del ECG no persisten por casualidad. Sobreviven porque ofrecen respuestas rápidas, simples y cómodas para un estudio que, en realidad, es complejo, contextual y probabilístico. El problema es que, en el ECG, los atajos cognitivos casi siempre tienen un costo clínico.
A lo largo de este artículo vimos ejemplos clásicos de este error: el supradesnivel feliz que no excluye infarto, la progresión lenta de la onda R que no define cicatriz anterior, la onda T negativa que no indica isquemia aguda, la onda P larga que habla de conducción y no de tamaño, el S1Q3T3 que no diagnostica TEP, la inexistencia de la cara dorsal, la falsa precisión de los algoritmos de QRS ancho y la trampa de interpretar voltaje como masa.
El hilo conductor es siempre el mismo: interpretar hallazgos aislados fuera del contexto clínico y fisiopatológico. El ECG no se hizo para dar etiquetas automáticas, sino para integrar información eléctrica, anatómica y clínica en un razonamiento coherente.
Quizá el mensaje principal sea este: el ECG se equivoca menos de lo que se piensa. Los que más nos equivocamos somos nosotros, cuando intentamos simplificarlo demasiado. Leer bien un electrocardiograma exige abandonar mitos, aceptar incertidumbres y, sobre todo, entender el porqué de los trazados, no solo memorizarlos.
Referencias
- Scheffer MK, de Alencar Neto JN, De Marchi MFN, Felicioni SP. Eletrocardiograma na síndrome coronária aguda. São Paulo: Manole, 2025.
- Smith SW. Upwardly concave ST segment morphology is common in acute left anterior descending coronary occlusion. J Emerg Med. 2006;31(1):69–77.
- Bayés De Luna A, Platonov P, Cosio FG, Cygankiewicz I, Pastore C, Baranowski R, et al. Interatrial blocks. A separate entity from left atrial enlargement: A consensus report. J Electrocardiol [Internet]. 2012;45(5):445–51.
- McGinn S, White PD. Acute cor pulmonale resulting from pulmonary embolism. J Am Med Assoc. 1935;104(17):1473
- Smaniotto MF, Alencar E Silva GPS, Heringer J de N, Almeida MT de C, Scheffer MK, Felicioni SP, et al. Classical ECG findings in pulmonary embolism have minimal diagnostic accuracy: A cross-sectional study. J Investig Med Off Publ Am Fed Clin Res. 30 de junio de 2025;10815589251357621.
- Brugada P, Brugada J, Mont L, Smeets J, Andries EW. A new approach to the differential diagnosis of a regular tachycardia with a wide QRS complex. Circulation. 1991 May;83(5):1649–59.
- Bayes de Luna A, Zareba W, Fiol M, Nikus K, Birnbaum Y, Baranowski R, et al. Negative T wave in ischemic heart disease: A consensus article. Annals of Noninvasive Electrocardiology 2014;19(5):426–41.
- Bayés de Luna A, Wagner G, Birnbaum Y, Nikus K, Fiol M, Gorgels A, et al. A New Terminology for Left Ventricular Walls and Location of Myocardial Infarcts That Present Q Wave Based on the Standard of Cardiac Magnetic Resonance Imaging. Circulation. 2006;114(16):1755–60.
- de Alencar JN, Amorim EF, Scheffer MK, Felicioni SP, De Marchi MFN. Poor evidence for poor R wave progression in coronary disease: A scoping review. J Electrocardiol. 2024;84(500):145–50.
- Jastrzebski M, Kukla P, Czarnecka D, Kawecka-Jaszcz K. Comparison of five electrocardiographic methods for differentiation of wide QRS-complex tachycardias. EP Europace 2012;14(8):1165–71.
- Bacharova L. ECG in left ventricular hypertrophy: A change in paradigm from assessing left ventricular mass to its electrophysiological properties. J Electrocardiol 2022;73(May):153–6.









